miércoles, 16 de mayo de 2018

INVISIBILIDAD DE LAS MUJERES

ELLAS, LAS INVISIBLES
Algunos de los grandes hitos científicos de la historia han estado en manos de mujeres, pero esos nombres apenas se mencionan en los libros de historia y, si bien es cierto que es materialmente imposible enumerar a todos los que hicieron algo, esa falta de modelos femeninos es una de las causas de que la sociedad en general, y las chicas en particular, perciban la ingeniería y la ciencia como algo eminentemente masculino.
María Margarethe Winkelman-Kirch tuvo la suerte de tener un padre convencido de que a mujeres y a hombres había que darles la misma educación. Estábamos en el siglo XVII, en Leipzing (Alemania). Su interés por la astronomía la llevó a convertirse en aprendiz y ayudante de Christopher Arnold, gracias al cual conoció a quien luego sería su marido, el también astrónomo Gottfried Kirch. Ambos realizaron importantes estudios astronómicos. A Kirch lo nombraron astrónomo oficial de la Academia de las Ciencias en Berlín y ella mantuvo su puesto de ayudante extraoficial, primero de su marido y luego de su hijo. Los esposos calculaban las trayectorias con las que elaborar calendarios y almanaques, ambos realizaban el mismo trabajo, y ambos eran conocidos en el mundo académico, llegando a publicar, ella en particular, varias obras de importancia. Fue, incluso, la primera mujer en descubrir un cometa, a principios del siglo XVIII. Sin embargo, cuando solicitó el puesto de astrónomo asistente en la Academia de Berlín, la rechazaron justamente por ser mujer y por el mal precedente de contratar a una mujer para un puesto como ese.
Mientras que el nombre de Tycho Brahe es altamente conocido y estudiado, su hermana Sophia Brahe forma parte del anecdotario sobre la vida del astrónomo danés. Al ver que su hermana pequeña mostraba inclinaciones por la astronomía y la química y trataba de estudiar por sí misma, Tycho la tomó como ayudante y comenzó a enseñarle buena parte de lo que sabía sobre astronomía. Aún así Sophia fue autodidacta en muchos aspectos, y no perdía ocasión de estudiar cuanto libro sobre el firmamento, la química y la horticultura caía en sus manos. Gracias a esos conocimientos elaboró medicamentos alquímicos con bastante buen resultado que, dicen, vendía entre la alta sociedad y regalaba entre los pobres. Tycho nunca dejó de manifestar la admiración que sentía por la mente de su hermana. No es posible saber hasta dónde habrían podido llegar su curiosidad y sus conocimientos de haber nacido varón o, quizá, en una sociedad más igualitaria.
Caroline Lucretia Herschel, nacida en 1750, tuvo tifus siendo muy pequeña, lo que le causó una malformación que, para bien o para mal determinó su vida. Su condición física hizo que no se casara nunca. De alguna manera eso le concedió una independencia que quizá no habría obtenido de otro modo. Bajo la tutela de su hermano Frederick William se convirtió en una destacada soprano, pero cuando Frederick se convirtió en el astrónomo del rey Jorge III de Inglaterra, Caroline dejó la música para pasar a trabajar como su ayudante con un sueldo. Caroline llegó a descubrir ocho cometas, varias nebulosas, galaxias y estrellas. En total llegó a catalogar más de 2.500 objetos celestes, trabajo que le valió el reconocimiento de los científicos de su tiempo. Ya siendo anciana recibió la medalla de oro de la Royal Astromonical Society, con 85 años, dicha sociedad la admitió como miembro honorario y, con 96, el rey de Prusia le concedió la Medalla de Oro de la Ciencia. Un asteroide se llama Lucretia en su honor, y hay un cráter en la Luna que lleva su nombre, es el cráter C. Herschel. Cualquiera que no conozca a Caroline y vea su nombre en los mapas de la Luna, podría pensar que algún importante astrónomo bautizó ese relieve con el nombre de su amada para dedicárselo a ella.
Así siguen muchos más nombres: Carmenta, Teano de Crotona e Hipatia de Alejandría en el siglo VII a.C., María Sibylla Merian, Marie-Sophie Germain, Mary Somerville, Ada Lovelace María Mitchell, Nettie Stevens, Lise Meiter, Sofya Kovalecskaya, Emily Warren Roebling, Antonia Maury, Mary Leakey, Hedy Lamarr, Margaret Hamilton, Elsie MacGill, Grace Murray Hopper, Emmy Noether, Bárbara McClintock, Jocelyn Bell, Rosalind Franklin, Dorothy Hodgkin, Esther Lederberg, Ida Tacke, Chien-Shiung Wu, Henrietta Leavitt, Rachel Carson, María Gaetana Agnesi, Laura Bassi, Alessandra Gilliani, Hildegarda de Bingen, Jane Marcet, Florence Nightingale, Ellen Ochoa, Margarita Salas, María Vallet-Regí, Rita Levi-Montalcini, Irène Joliot-Curie, Maria Goeppter-Mayer… 
No son casos aislados en una corte de varones, todas ellas ganaron sus méritos duramente, algunos de los cuales son lo suficientemente importantes como para que la humanidad entera deba agradecerles el logro, y sin embargo siguen siendo modelos invisibles.
Los niños y niñas no los estudian en sus libros de texto, ni a las escritoras, pintoras, exploradoras, políticas, humanistas, compositoras, matemáticas, bioquímicas, educadoras, guerreras, pioneras, aviadoras, ingenieras, astronautas, marineras, médicos, inventoras, pensadoras… y cuando al llegar a la edad adulta alguno se tropieza con ellas, la expresión es de incredulidad, y comenta con sorpresa en las reuniones de amigos que una mujer estuvo detrás de la invención del lenguaje COBOL. ¿por qué nos asombra tanto?

Anabel Flores

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